En los años ochenta alguien llamó: «¡Ismael!». Era una voz que hablaba con la sabiduría de los barrios y con el vigor de los nuevos narradores. Desde entonces José Libardo Porras siguió nombrando a seres como Ismael, que recorrían las calles de la ciudad en las noches, sin miedo, apenas con el temblor que produce caminar sobre las sombras. Así conocimos a Belén San Bernardo con sus habitantes que miraban a través de las cortinas, pendientes del momento en que los Ismaeles regresaran de sus...