La vida es un desastre para Calvo. Ni cómo negarlo. Su chamba, el despacho de abogados, Calvo-Abogados, está a días de desaparecer, de que cierre el changarro, y él de no tener de otra más que escurrirse a ser, otro traje con corbata, otro ladrillo en la pared. Detesta imaginar el regresar a uno de esos despachos corporativos ‒de donde se escabulló, cola entre las patas, cinco años atrás‒ a arrumbarse dentro de un cubículo sin ventana, pantalla con estática, escritorio de utilería, silla...